Esa mariposa
(Irene Adcock, 1908-2001, in memoriam)
Es verdad lo de la mariposa
-una pavo real, inusual ortiguera-
que irrumpió en mi ventana abierta.
Tú estabas en tu ataúd en Nueva Zelanda.
Yo estaba aquí, en mi cálido estudio de Londres,
intentando modular mi voz para trabajar
como Marilyn sostenía el teléfono
sobre tu rostro muerto. No podías esperar:
aleteabas de súbito para consolarme.
No eras de una belleza llamativa, querida madre,
pero tu personalidad era un arcoiris luminoso,
y tu generosidad tenía aterciopeladas alas.
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Rogelio Guedea