Puerco
Era un puerco enorme,
feo para algunos,
con la piel áspera
y gruesa la pelambre.
Cuando hubo que
matarlo
le diste un balazo en la cabeza
y se desplomó en el acto, con
un golpe seco.
Como ni entre dos pudieron
moverlo,
lo cogieron de las patas
y lo colgaron de un árbol,
metiéndole un gancho
debajo de la quijada
y jalándolo hacia arriba.
Tuvieron que usar
su Toyota cuatro por cuatro
para levantarlo,
pues estaba demasiado pesado.
Lo destriparon y
le limpiaron los dentros,
dejándolo ahí colgando
toda la noche.
Yo lo vi bambolearse
suavemente en el viento,
una mancha en la oscuridad,
pesada como el dolor.
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Rogelio Guedea