La misión de Māui

Bajo el calor de la noche puse manos a la obra: esperé

a que mis hermanos se durmieran. Habían pasado el día

afilando sus anzuelos, reparando la gran red,

llenando de agua fresca las tinajas. Habían colocado

el taro envuelto en hojas debajo de los asientos transversales.

Los bultos y la red me cubrirían,

sobre todo si entonaba el canto para apaciguar mis movimientos

y mi respiración. La luna se volvió más brillante,

como el ojo de un gran pez, mientras el canto me poseía.

Como sostenía con tanta fuerza el anzuelo de mi abuela

me brotó sangre roja de una pequeña herida entre mis nudillos cerrados.

—Buenos días, hermanos —grité, y ellos maldijeron

y gimieron hasta que el siguiente canto nos llevó cien

millas más lejos, y luego otro, hasta que mi canto los hizo jadear

cuando entramos en una extensión de océano negro de peces.

Me perdonaron, aunque eso no importa. Tomé el anzuelo ensangrentado

y le confesé al océano a qué había venido. Funcionó.

Los peces ascendieron y nuestro descenso quedó asegurado.

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