La silla
Es una habitación espaciosa al final de las escaleras,
con la puerta cerrada.
No recuerdo nada sino, en una esquina,
la silla de madera dura, redonda, una silla de cocina
y la niña sentada, la cabeza inclinada
sin levantar la vista para ver
quién ha llegado o se ha ido
pero llorando, llorando.
Ha llorado así toda mi vida;
no tienes que acercártele
o cuestionarte, indagar:
ella no espera eso,
nunca han habido indicios de consuelo.
Por la acostumbrada empinada continúo caminando,
estoy joven, vieja, fuerte o enferma; algunas veces
flaqueo -no importa. La silla permanece ahí
y, como si esto fuera todo en la vida,
la niña sigue sentada
e inclinada sobre el doloroso pie zambo
de su tristeza, remota
en la habitación cerrada de mis días.
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Rogelio Guedea